Ejes transversales para pensar a la mujer en el trabajo

Josefa fue encontrada a los 9 años, semimuerta por fiebre y neumonía, en un cuarto frío donde trabajaba desde los 8 años. Mirta fue vendida a cambio de una pareja de cerdos para trabajar en un rancho a los 11 años. Carmen llegó a los 14 años desde Misiones a una casona en la Capital para vivir como empleada doméstica. Yamila llegó a los suburbios del sur a los 13 años con su prima, con la promesa de trabajar en una casa familiar, pero terminó siendo prostituta, esclavizada en un motel. Indalecia fue bendecida con la construcción de un muro para su hogar por cada hijo o hija que le dio a una red de tráfico de bebés en un pequeño pueblo de Santiago del Estero. Nancy ha estado trabajando como modelo infantil desde que tenía 3 años, luciendo sus mechones dorados al sol. Silvina es actriz desde los 8 años, cuando conquistó el corazón del país con sus ojos claros y sus mofletes cubiertos de pecas. Ana tenía seis años cuando conoció a Mickey Mouse en Disney, acompañada de su familia y su niñera Herminia de largas trenzas negras. Sabrina, madre desde los 14 años, vive en una cárcel a los 19 años con sus dos hijas menores de 2 años y 6 meses, porque el único «trabajo» que consiguió fue vendiendo droga en su casa con su abuela y su tío. Marcia se levanta un domingo cualquiera a las 4 de la mañana -lo mismo que un martes o un miércoles o un viernes- para ir a los invernaderos con su bebé en el pecho o boca arriba, a cortar la lechuga orgánica por la que le pagan 300 pesos la caja y se vende a 800 pesos el kilo en Palermo Soho.

¿Nos resultan familiares estas historias? ¿Nos damos cuenta de lo que traen consigo? Todas las protagonistas son mujeres, casi todas son mujeres con rasgos indígenas, esas que quedan en los suburbios de la estética y en lo profundo de la ética del sistema laboral. Los mínimos garantizan la continuidad del ostensible y admirable privilegio a los ojos de la sociedad: el de ser blanco en América Latina. Los rasgos europeos traen consigo oportunidades de vida, desde una familia acomodada hasta trabajos infantiles donde se exhibe la belleza hegemónica, y las niñas y adolescentes que optan por aprovechar esas oportunidades, acceden a una vida con la garantía de no tener que trabajar nunca, por el único privilegio del «ser».

Si nos fijamos bien, veremos que todas las protagonistas de esta breve lista de historias aleatorias, narran con sus cuerpos las diversas formas en que el patriarcado, el capitalismo y el racismo constriñen las posibilidades de vida de las personas al limitar las oportunidades por haber nacido mujer. , por color de piel y situación económica familiar; al mismo tiempo que florecen ilimitadamente para aquellos que fueron bendecidos por la fortuna de la belleza y la comodidad social.

Hablemos hoy de mujer y trabajo, hablemos de cómo la estructura económica determina las relaciones sociales de las mujeres. Hablemos de cómo el ser mujer determina las posibilidades económicas de las personas. Hablemos de cómo la piel morena limita las posibilidades de existencia en un mundo que pretende ser “blanco, bueno, bello, inmaculado”, como sentenció una presentadora de televisión. Hablemos de la maternidad como limitación en un mundo adultocéntrico y machista.

Hablemos, honestamente y con valentía. Hablemos, porque hablar, atreverse a nombrar lo que no se puede decir y no quiere ser mirado, inicia la apuesta por la transformación social.

Por Moira Goldenhorn

Abogado

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